El organillo es uno de esos sonidos que no necesitan presentación en la Ciudad de México. Forma parte del paisaje sonoro de la capital desde hace más de cien años, y hoy cuenta con un reconocimiento oficial: fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México, una distinción que busca preservar y dignificar este oficio centenario.
Un recorrido histórico por el Centro
Para celebrar la declaratoria, decenas de organilleros y chinchineros recorrieron las calles del Centro Histórico vestidos con su característico uniforme beige. El itinerario incluyó la calle Madero, el Palacio de Bellas Artes y la Alameda Central, tres de los espacios más emblemáticos de la capital, donde el sonido de los cilindros musicales volvió a llenar el aire entre aplausos y fotografías del público.
Un oficio que se hereda
El oficio del organillero se consolidó durante el Porfiriato y ha sobrevivido a las transformaciones urbanas, tecnológicas y sociales de la ciudad. En muchos casos, la tradición pasa de padres a hijos, lo que garantiza su continuidad generación tras generación. Cada organillo guarda una historia propia, y cada melodía representa una parte del patrimonio sonoro colectivo de la CDMX.
Más que un instrumento, una identidad
La declaratoria no reconoce únicamente un oficio; reconoce una expresión cultural que forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. El patrimonio de una ciudad no solo vive en sus edificios y monumentos, también vive en sus sonidos. Y mientras el organillo siga resonando en las calles de la capital, seguirá siendo parte esencial del alma de la Ciudad de México.





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